Cuando crezca, ¿qué seré?
Mateo es un osito curioso que busca respuestas sobre cómo será cuando crezca. A través de sus encuentros con distintos animales, descubre que no necesita imitar a nadie: crecer significa aprender a ser uno mismo y disfrutar de cada paso del camino.
CUENTOS PARA DORMIR
Échale cuento
9/25/20254 min read


Cuando crezca, ¿qué seré?
Mateo era un osito pardo que vivía en un claro del bosque con su mamá y su papá. Tenía el pelaje suave y los ojos brillantes de curiosidad. Cada día despertaba con una nueva pregunta rondándole en la cabeza.
Desde muy pequeño, le gustaba observar a los animales que vivían a su alrededor. Todos parecían tener habilidades especiales: algunos eran fuertes, otros veloces, otros sabios. Mateo, en cambio, se sentía todavía pequeño, torpe y con ganas de descubrir en qué se convertiría al crecer.
—Mamá —preguntó una mañana mientras desayunaban miel y bayas—, ¿qué seré cuando crezca?
Mamá sonrió y acarició su cabeza.
—Eso lo irás descubriendo con el tiempo, Mateo. Crecer es una aventura que no se acaba nunca.
Pero esa respuesta no lo dejó satisfecho. Así que decidió salir a caminar por el bosque y preguntar directamente a los demás animales.
El oso fuerte
Lo primero que encontró fue a su papá levantando un tronco pesado para arreglar la entrada de la cueva. Papá era grande, musculoso, y todos los animales lo respetaban.
—Papá, ¿cuando crezca seré tan fuerte como tú? —preguntó Mateo, abriendo mucho los ojos.
Papá dejó el tronco en el suelo y se agachó para mirarlo de frente.
—Tal vez sí —dijo con voz grave—. Pero recuerda, la fuerza no solo está en los músculos. También está en el corazón, cuando decides proteger a los que quieres o ayudar a alguien que lo necesita.
Mateo pensó en eso mientras seguía su camino. ¿Sería suficiente con tener un corazón fuerte?
El ciervo veloz
Más adelante, en un prado lleno de flores, vio a un ciervo saltando con elegancia. Sus patas largas se movían como el viento, y parecía volar.
—Señor ciervo —gritó Mateo—, ¿cuando crezca correré tan rápido como tú?
El ciervo se detuvo y sonrió.
—Puede ser, osito. Pero lo importante no es solo correr. Lo importante es saber hacia dónde quieres ir. No sirve de nada tener velocidad si no conoces tu camino.
Mateo miró sus cortas patas y suspiró. Tal vez un día podría correr como el ciervo, pero aún no sabía bien cuál era su camino.
La tortuga paciente
El sol ya estaba alto cuando se encontró con una tortuga que avanzaba despacito por un sendero. Mateo la observó durante un rato: cada paso era pequeño, pero firme.
—Señora tortuga —dijo con curiosidad—, ¿cuando crezca seré tan paciente como tú?
La tortuga levantó la cabeza y lo miró con calma.
—Con el tiempo, aprenderás que cada paso cuenta. No importa si son grandes o pequeños, lo que importa es avanzar. Crecer no es una carrera. No hay prisa, pequeño.
Mateo se quedó pensando. A veces quería crecer tan rápido que olvidaba disfrutar del presente.
El búho sabio
Más tarde, al llegar a un viejo roble, escuchó un ulular grave. Allí estaba el búho, con sus grandes ojos amarillos.
—Señor búho, ¿cuando crezca seré tan sabio como usted?
El búho ladeó la cabeza.
—Tal vez sí, pero recuerda: la sabiduría no llega solo con los años. Llega con la experiencia, con los errores, con las preguntas que te atreves a hacer. Y tú, osito, ya has dado el primer paso: preguntar.
Mateo sonrió un poco. Eso significaba que, en cierto modo, ya estaba aprendiendo.
La liebre juguetona
Antes de regresar a casa, se cruzó con una liebre que saltaba de un lado a otro jugando con sus hermanos.
—Liebre, ¿cuando crezca seré tan alegre y divertido como tú?
La liebre se detuvo, riendo.
—¡Claro que sí! Pero no necesitas crecer para divertirte. Puedes empezar ahora mismo. Jugar es también una manera de crecer.
Mateo dio un par de saltos torpes junto a las liebres, y por un instante se olvidó de sus dudas.
El reflejo en el río
Al caer la tarde, cansado, se sentó junto al río. El agua reflejaba el cielo anaranjado y también su propio rostro.
—No soy tan fuerte como papá, ni tan rápido como el ciervo, ni tan paciente como la tortuga, ni tan sabio como el búho, ni tan divertido como la liebre… —susurró.
De pronto, sintió una mano suave en su espalda. Era mamá, que había venido a buscarlo.
—¿Por qué estás tan triste, Mateo?
Él bajó la mirada.
—Porque no sé en qué me voy a convertir cuando crezca. Quiero ser como todos, pero no soy como ninguno.
Mamá lo abrazó con ternura.
—Hijo, no tienes que ser como los demás. No tienes que ser el más fuerte, ni el más veloz, ni el más sabio. Lo que importa es que seas tú mismo. El mundo necesita a Mateo, no una copia de otro animal.
Mateo levantó la vista sorprendido.
—¿De verdad?
—De verdad —afirmó mamá—. Crecer significa descubrir lo que te hace único. Y yo ya veo en ti algo muy especial: tu gran curiosidad y tu corazón lleno de preguntas. Eso te llevará muy lejos.
Mateo sonrió por primera vez en todo el día. Tal vez crecer no era transformarse en otro, sino aprender a ser cada día un poco más él mismo.
El valor del tiempo
Esa noche, antes de dormir, Mateo pensó en lo que había aprendido. Crecer lleva tiempo. Y ese tiempo no hay que apurarlo, sino disfrutarlo paso a paso: jugando, preguntando, aprendiendo, equivocándose, riendo y soñando.
Cerró los ojos, tranquilo. Al fin entendía que el camino de crecer era tan valioso como el destino.
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