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Lina y el espejo del bosque

En este cuento para dormir lleno de misterio y simbolismo, Lina descubre un espejo oculto en el bosque tras una tormenta. Lo que comienza como la búsqueda de su gato se convierte en una prueba de intuición, desconfianza y valentía. Una historia que enseña a los niños a escuchar su voz interior y no dejarse llevar por apariencias, por muy amables que parezcan.

CUENTOS PARA DORMIR

Échale Cuento

9/17/20254 min read

Cuento corto para dormir gratis
Cuento corto para dormir gratis

Lina vivía en una aldea escondida entre colinas azules y campos de trigo que danzaban con el viento. Era una niña de ocho años, curiosa como un gato y siempre con ganas de descubrir lo que había más allá de los límites conocidos.

Tenía una colección de piedras raras, un mapa mal dibujado del bosque y una pregunta distinta cada día. Su madre solía decirle:

—Explorar está bien, Lina, pero recuerda: no sigas a nadie que no conozcas, ni creas en todo lo que te digan. La confianza se gana, no se regala.

Lina escuchaba, sí... pero dentro de ella ardía una chispa de aventura que no sabía quedarse quieta.

Una tarde, después de una tormenta que había dejado el bosque cubierto de niebla, Lina salió en busca de su gato, que se había escapado persiguiendo mariposas.

Caminó hasta el borde del bosque y, entre los árboles húmedos, vio un destello extraño, como si la niebla reflejara luz propia. Al acercarse, descubrió un espejo ovalado suspendido entre dos ramas retorcidas. Su marco era de madera negra, tallado con símbolos que se entrelazaban como raíces vivas. Pero lo más inquietante era lo que mostraba el cristal: no reflejaba su rostro ni el paisaje a su alrededor, sino un sendero de tierra seca, bordeado por piedras brillantes, que no existía frente a ella.

Lina miró detrás del espejo. Nada. Solo arbustos, lodo y más niebla.

Volvió a mirar el cristal. El camino estaba allí, claro y tentador, con una luz dorada al fondo que parecía pulsar con vida propia. Una voz suave, como un eco entre hojas, surgió sin aviso:

—Ese es el camino de los valientes —dijo una figura borrosa dentro del espejo—. Si lo sigues, encontrarás lo que más deseas.

—¿Dónde está ese camino? —preguntó Lina, intrigada.

La figura alzó una mano y señaló el suelo frente a ella. Por un momento, el aire se partió como si se descorriera una cortina invisible, y el mismo sendero que aparecía en el espejo surgió delante de Lina, como si hubiese estado oculto por un velo.

La tierra crujió bajo sus pies. La niebla se apartó. El camino ahora existía, real y tangible.

Y al final, la misma luz dorada del espejo brillaba entre los árboles, guiándola hacia lo desconocido.

Lina dudó.

—Estoy buscando a mi gato —respondió, mirando alrededor.

—Lo vi. Fue por este sendero —aseguró la figura, señalando hacia la imagen del espejo.

El corazón de Lina latía con fuerza. Recordó las palabras de su madre… pero también pensó: ¿Y si realmente lo vio?

Sin decir más, la figura desapareció y el espejo mostró con más fuerza la luz al final del camino. Lina dio un paso... luego otro.

A medida que avanzaba, el camino cambiaba. Lo que parecía fácil se volvió empinado y pedregoso. El aire era denso, y la niebla más espesa.

En lo alto de una colina, encontró a un joven de sonrisa amistosa que sostenía una linterna.

—Has llegado lejos. Yo también busco cosas perdidas —dijo él—. ¿Quieres que te ayude? Pero primero, deja ese brazalete tan brillante. Podría distraerte.

El brazalete era un regalo de su abuela. Lina lo miró. El chico sonreía, pero sus ojos eran demasiado fríos para su sonrisa.

Algo en ella se tensó. Dio un paso atrás.

—Gracias, pero prefiero seguir sola —respondió.

Él desapareció como humo, y Lina entendió que algo no iba bien.

Siguió caminando hasta llegar a un claro donde, al centro, descansaba su gato... dormido sobre una piedra.

Pero justo antes de correr hacia él, una anciana apareció entre los árboles. Tenía voz dulce, y ojos grandes que no parpadeaban.

—Pobre niña —dijo—. Has llegado hasta aquí, pero estás cansada. ¿Por qué no te sientas? Yo te cuidaré.

Lina se detuvo. Miró al gato, luego a la mujer. Sus piernas querían descansar, pero su pecho sentía algo extraño.

Entonces lo comprendió: todos los que había encontrado en ese camino ofrecían ayuda… pero también pedían algo a cambio. El gato estaba justo ahí. No necesitaba a nadie para alcanzarlo.

Corrió hacia él, lo tomó en brazos y retrocedió sin aceptar nada más.

El sendero se desvaneció a sus espaldas como si nunca hubiera existido.

Cuando Lina salió del bosque, el cielo estaba despejado y el aire olía a tierra mojada.

Su madre la esperaba en casa, preocupada.

—¿Dónde estabas?

Lina lo contó todo: el espejo, la figura misteriosa, los desconocidos amables, la promesa de ayuda... y cómo su instinto le salvó de seguir confiando.

La madre la abrazó con fuerza y le dijo:

—No todo lo que brilla es verdadero, y no toda sonrisa significa bondad. A veces, las trampas vienen envueltas en cortesía. Por eso, hija, debes escuchar siempre a esa voz dentro de ti que sabe cuándo algo no está bien.

Desde entonces, Lina siguió explorando, sí, pero con más atención. Sabía que el mundo estaba lleno de caminos, pero no todos eran seguros, ni todos los que ofrecían guía merecían ser seguidos.

Años más tarde, ella misma colgó un nuevo espejo en el borde del bosque. Y cuando otros niños lo encontraban, el reflejo solo les mostraba una cosa: su propio rostro, mirándolos fijamente, como si dijera:

Confía en ti. Pero no en cualquiera.

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