¡gastos de envío gratis! en cuentos personalizados para san valentín. más info en web.

El pez que no sabía nadar recto

"El pez que no sabía nadar recto" es un cuento tierno y lleno de color sobre Tico, un pececillo diferente que descubre que su manera única de nadar en zig-zag no es un defecto, sino un don especial. Gracias a sus nuevos amigos, Lula la tortuga y Piri el caballito de mar, aprende que la verdadera amistad nace cuando aceptamos lo que nos hace únicos. Una historia que celebra la diversidad, la autoestima y la magia de ser uno mismo.

CUENTOS PARA DORMIR

Échale cuento

9/18/20254 min read

Cuento corto para dormir gratis
Cuento corto para dormir gratis

En lo más profundo del océano, donde el agua brilla con colores azules y verdes, vivía un pececillo llamado Tico.

Tico era muy alegre y curioso, pero tenía un pequeño problema: no sabía nadar en línea recta.

Mientras los demás peces iban de un lado a otro sin perder el rumbo, Tico siempre se movía haciendo curvas, giros y zig-zag.

—¡Mira ese pez! —decían algunos peces mayores—. ¡Nada como si fuera una espiral!

—Sí, parece un remolino loco —reían otros.

Tico sonreía por fuera, pero por dentro se sentía triste. Pensaba:

“Si no nado como los demás, ¿quién va a querer ser mi amigo?”

Un día, Tico se alejó de la gran escuela de peces y se escondió detrás de unas algas.

Las algas eran largas y suaves, y allí se sentía un poquito seguro.

—Ojalá pudiera nadar derecho… —susurró.

En ese momento, escuchó una voz tranquila:

—¿Y por qué querrías hacerlo?

Era Lula, una tortuga de caparazón brillante como el sol.

Lula movía sus aletas lentamente, sin prisa.

—A mí me gusta cómo nadas —dijo con una sonrisa—. ¡Tus vueltas parecen un baile bajo el agua!

Tico abrió mucho los ojos. Nadie le había dicho algo tan bonito.

—¿De verdad te gusta? —preguntó Tico.

—Claro que sí —respondió Lula—. Yo soy lenta y muchos peces se desesperan conmigo, pero aprendí que cada quien tiene su ritmo.

Tico se sintió más animado. Quizás no estaba tan solo como pensaba.

De repente, apareció Piri, un caballito de mar diminuto que se movía de arriba abajo como si saltara en el agua.

—¡Hola! —dijo Piri—. He visto tus curvas desde lejos. ¡Son divertidísimas! ¿Me enseñas a nadar como tú?

Tico no lo podía creer. Dos amigos nuevos en un mismo día.

—Claro que sí, ¡seguidme! —dijo entusiasmado.

Los tres comenzaron a nadar juntos. Tico iba delante, Lula lo seguía con calma y Piri saltaba alegremente a su lado.

Pronto descubrieron que, gracias a las curvas de Tico, podían entrar en lugares donde otros peces no se atrevían.

Primero llegaron a un bosque de corales lleno de pasadizos estrechos.

Los peces que nadaban recto se quedaban atascados, pero Tico se movía con tanta naturalidad que guiaba a sus amigos sin problemas.

—¡Qué bonito! —dijo Lula—. Mira esas esponjas de colores.

—¡Y esas burbujas que parecen globos! —gritó Piri.

Más adelante, Tico los llevó hasta una cueva de cristales marinos.

Dentro, todo brillaba como estrellas en el cielo.

—¡Es mágico! —susurraron sus amigos.

Tico se sintió orgulloso. Por primera vez, su forma de nadar no era motivo de burla, sino de aventura.

De pronto, una fuerte corriente atravesó la cueva.

—¡Agárrense fuerte! —gritó Lula.

El agua arrastraba todo a su paso.

Piri, que era pequeñito, empezó a girar sin control.

—¡Auxilio! —chilló.

Tico no lo dudó. Nadó en zig-zag alrededor de Piri, creando un remolino pequeño que lo empujó hacia Lula.

La tortuga lo abrazó con sus aletas y lo puso a salvo.

Cuando la corriente se calmó, los tres se miraron con los corazones latiendo rápido.

—Nos salvaste, Tico —dijo Piri—. ¡Eres un héroe!

Tico sonrió. Ya no se sentía raro, sino útil.

Al día siguiente, volvieron a explorar. Siguiendo el nado de Tico, descubrieron una abertura diminuta en una roca.

—¿Entramos? —preguntó Lula.

—¡Sí! —dijo Tico—. Déjenmelo a mí.

Con sus giros, logró atravesar la rendija. Lula y Piri lo siguieron con cuidado.

Dentro había un jardín submarino lleno de anémonas, estrellas de mar y caballitos de colores.

Era tan hermoso que parecía un sueño.

—¡Este lugar es solo nuestro! —dijo Piri dando volteretas de alegría.

—Gracias a ti lo encontramos, Tico —añadió Lula—.

Tico sintió un calorcito en su corazón. Descubrió que ser diferente lo había llevado a algo increíble: tener amigos de verdad.

Unos días después, la escuela de peces organizó un desfile en el arrecife. Todos nadaban recto, formando filas largas y ordenadas.

Tico miraba desde un lado, inseguro.

—Yo no encajo ahí… —murmuró.

Pero Lula y Piri no pensaban lo mismo.

—¡Claro que encajas! —dijo Lula—. Solo que tu lugar es especial.

—¡Ven con nosotros! —añadió Piri.

Los tres entraron en el desfile. Mientras los peces formaban líneas rectas, Tico nadaba a su manera, dibujando espirales y figuras en el agua.

—¡Miren! —gritaron algunos—. ¡Hace formas preciosas!

Todos se quedaron sorprendidos. Algunos peces pequeños intentaron imitarlo, pero no podían.

Solo Tico podía hacer ese baile único.

Al final, todos aplaudieron batiendo sus aletas.

—¡Bravo, Tico! —gritaron.

El pececillo sonrió más feliz que nunca.

Desde aquel día, Tico ya no se escondió más. Nadaba con orgullo junto a Lula y Piri.

Descubrió que la amistad es aceptar lo que hace único a cada uno, y compartirlo con los demás.

Cuando el sol se escondía y el mar se llenaba de reflejos dorados, los tres amigos se reunían en su jardín secreto. Allí reían, jugaban y soñaban con nuevas aventuras.

Tico ya no quería nadar recto. Sabía que sus curvas lo llevaban a lugares mágicos… y, sobre todo, lo habían llevado a sus mejores amigos.

FIN

¿Te ha gustado? ✨ Crea tu propio cuento personalizado aquí 📖✨

Escríbenos a contacto@echalecuento.com si quieres este cuento en formato físico ilustrado.